lunes, 4 de noviembre de 2013

La tradición del día de difuntos es tan fuerte en nuestro país, nuestra amiga Susana hace un importante reflexión al respecto de lo que esta fecha significa para los ecuatorianos, lo compartimos en el siguiente artículo.

Indígenas visitando a sus difuntos. Cementerio de Calderón.


Finados
Susana Freire García*
La celebración del Día de Finados en Quito, guarda en su interior un rico sincretismo cultural, que unió las prácticas de nuestros ancestros, con las de la religión católica que trajeron los españoles a estas tierras. De ahí que es necesario entender a esta conmemoración dentro de un contexto humano y simbólico, que tiene como trasfondo el deseo,   -por decirlo de algún modo- , de que la vida se imponga ante la muerte a través de ritos y ofrendas terrenales. Es por eso, que quiero compartir con los lectores un texto de autoría de Alfredo Fuentes Roldán, sobre este tema:
“Pasando el Puente de Otavalo (actual Plaza del Teatro), se va llegando a los límites septentrionales de la villa, y donde comienza el gran plano de Aña- quito, el Obispo Pedro de la Peña en 1571, ha creado la parroquia de San Blas, para reunir a la numerosa población aborigen allí asentada y hacer mucho más efectivo su adoctrinamiento. Don Melchor Auqui Pillajo fue el famoso y legendario gran cacique de la parcialidad de Cumbayá, y ahora  ha sido elegido para Alcalde de Naturales, encargado entre otras funciones de mantener y fomentar la doctrina, y vigilar el cumplimiento de los deberes religiosos. Pero el querido y valiente Alcalde, con méritos y señoríos bien ganados, cumplió su jornada vital y murió, presentándose con mayor fuerza la discrepancia ideológica y de conceptos entre aborígenes y castellanos (…) La iglesia católica traída por España, luego de ayudar a bien morir al feligrés, vela al cadáver, reza una misa con responso muy alusivo y sepulta los restos mortales. Después dedica oraciones a su alma, pidiendo al Creador, le dé el descanso eterno, haciéndolo indistintamente en todo tiempo, y anualmente el 2 de noviembre, en una conmemoración solemne por todos los fieles difuntos. En el antiguo Reino de Quito, se esperaba la muerte con resignación, como algo que tiene que venir inexorablemente. Entonces el cuerpo del difunto era lavado, amortajado, puesto en una estera sobre el suelo y rodeado de su ropa, utensillos, adornos, comida, bebida y lo que más fue de su agrado. Durante un mes parientes y amigos, en el anochecer, conversaban con el alma del difunto, ayudándose de instrumentos musicales y especialmente con las lamentaciones o “lloros” en los que se exaltan sus acciones y los hechos relevantes de su vida (…) Enterrado el cuerpo con vestido y alimentos, se dejaba canales de comunicación entre los utensillos y la superficie para poder rellenarlos cada cierto tiempo, preferentemente el día de “ayamarca”, la solemne conmemoración anual en que se repite la reunión familiar, el relato de las hazañas del difunto, dichas con dramatismo en boca de la viuda o de la madre, y la ofrenda de comida y bebida que no solo es para el muerto, sino que se comparte con los familiares a orillas del sepulcro.
El Gran Curaca tenía que ser sepultado según su ley. La iglesia y el cabildo reclamaban el riguroso cumplimiento de lo previsto para un Alcalde. Felizmente se llegó a un entendimiento. El cadáver de Don Melchor, puesto en ataúd, sería recogido desde su casa por el cura de la parroquia que con su cruz alta y acompañamiento de toda la comunidad, lo llevaría sin alimentos ni nada impropio, hasta la iglesia donde se le harían las pompas fúnebres de rito y después se lo enterraría, en el cementerio, junto a la iglesia, con una cruz por cabecera. El lugar podría ser visitado en cualquier fecha, especialmente en la conmemoración anual, lo que permitiría a los deudos cumplir con sus antiguos ritos.  Con mucha reticencia los indígenas se veían obligados a aceptar la postergación  de sus creencias. Solo en algo había acuerdo. Lo de que el alma no muere y sigue permaneciendo más allá de lo viviente (…) Con consentimiento del cura o no, ya se arreglarían para poner alimentos en la tumba periódicamente siguiendo su misma forma tradicional, ya que “uchucuta” y “chicha”, ambos hechos con escogido maíz, estarían con su antecesor.
La parroquia siempre en los extramuros de la villa, fue acrecentándose. El templo no pudo cambiar su origen de “iglesia de indios”. Sin embargo la insignificante parroquia de San Blas fue la primera en lograr un acercamiento más práctico que ideológico al conseguir que dos grupos humanos de diferente credo, lleguen a un cementerio común para guardar a sus ancestros sin interponerse mutuamente, y en tan trascendental materia como el culto a sus difuntos”.
Tomado de: Quito tradiciones Tomo I de Alfredo Fuentes Roldán.

*susanafg22@yahoo.com

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