jueves, 31 de enero de 2013


En esta ocasión Susana nos invita a reflexionar sobre los lugares que marcaron nuestra infancia y que aun están presentes en la milenaria Quito.



Portal Santo Domingo


La ciudad y los afectos

Susana Freire García*

A lo largo de nuestra vida, la ciudad puede adquirir variados e inusitados rostros. Están los transitorios, los imperceptibles, los que nos causan temor o rechazo, y los que obedecen a las reformas urbanas. Más están también los que se vinculan con nuestra memoria y afectos. Ellos son parte de un acervo que nos acompañará por el resto de la existencia, y que son un punto de referencia cuando hablamos de Quito, a partir de nuestra personal e íntima visión. Creo que al igual que yo, los lectores tendrán uno o varios rincones preferidos de la ciudad. La preferencia puede variar según las vivencias. En mi caso suelo hacer diversas asociaciones, que van desde la referencia histórica hasta la personal. Por ejemplo cuando camino por la antigua Calle del Mesón (avenida Maldonado) sigo imaginariamente los pasos de mi tatarabuelo materno llamado Ramón García,  quien tuvo su casa cerca del Arco de Santo Domingo. Otro espacio igualmente querido es el barrio de San Sebastián, específicamente la antigua iglesia, que después fue convertida en un Centro Cultural a cargo del Banco Central (hoy manejado por la Fundación Sapo de Agua), ya que en este espacio recibí junto a mi hermano Edgar clases de teatro, cuando ambos éramos niños. Este acercamiento al arte, fue una experiencia que nos marcó profundamente, y que provocó que los dos decidiéramos cultivar y desarrollar nuestra personal inclinación artística, hasta el día de hoy. No puedo dejar de mencionar a las calles que rodean a la escuela de los Sagrados Corazones donde estudié, y en especial el portal de Santo Domingo, en el que se veía un bello intercambio humano y comercial, alrededor de la presencia de las cajoneras.

jueves, 24 de enero de 2013

Se han preguntado ¿por qué la ciudad de Quito es Eterna?

Susana Freire Garcia, nos comparte su forma de ver a Quito y como la eternidad de la ciudad la atrapó desde la infancia.

Vista de la Colina (diciembre 2010)

Quito Eterno 

                                                                                                            Susana Freire García*

Mientras camino por las calles del centro de la ciudad, suelo pensar que mientras mi paso es efímero, ella seguirá en pie más allá de mi existencia mortal. Esta reflexión aunque cierta no deja de ser dolorosa, ya que nuestra vida es como un sutil aleteo, comparada con la de Quito. Su milenaria existencia comenzó mucho más antes de que la conociéramos tal como es ahora. Los primeros habitantes que llegaron “a esta tierra de la mitad” aproximadamente hace 10.000 años, se asentaron en ella para hacerla propia, no con el afán de apoderarse, sino de crear un lazo de pertenencia vinculado a la identidad y a los afectos.

En lo personal debo confesar que Quito es uno de mis grandes amores. Mas este sentimiento lejos de cegarme, me invita a reflexionar de manera objetiva. Es necesario amar con la cabeza y el corazón, para trabajar a favor de lo que se anhela, y así no caer en posturas reaccionarias ni en chauvinismos. Nuestra ciudad tiene en su accidentada naturaleza su fuerza y su debilidad. La fuerza está en que a pesar del desmedido daño que ha sufrido a causa del crecimiento ilimitado de la población, la inadecuada explotación de los recursos, la contaminación ambiental, la tala indiscriminada de los árboles, y el maltrato a su flora y fauna, la naturaleza sigue aflorando en Quito. Basta observar sensiblemente para dar fe de ello. Siempre hay algún gorrión que nos anima con su canto, o un mirlo que salta entre las ramas con su llamativo pico naranja. Por ahí todavía se escucha el croar de un sapo que agradece la presencia de la lluvia, o  el revoloteo de la mariposa que busca posarse sobre una flor. Aún en los terrenos más inhóspitos se ve como las débiles ramas hacen esfuerzo para aferrarse a la vida, y cómo los árboles se mantienen en pie, a pesar de los inclementes cambios climáticos. 

¿Y su debilidad en dónde está? Está en su geografía irregular, y en su vulnerabilidad ante los desastres naturales. Debilidad que dicho sea de paso, ha sido incrementada por las mismas razones que nombré anteriormente, y que no son precisamente fruto de la naturaleza, sino de nuestra escasa conciencia ambiental. Sin embargo y pese a todos los riesgos, esta ciudad me parece eterna, porque desafía su propia debilidad, y nos invita a  hacer lo propio. Cada mañana nos enfrenta a su redondeado cuerpo montañoso, para decirnos que los obstáculos pueden ser superados con fortaleza e ingenio. Cada mañana  nos deleita con sus piedras labradas y convertidas en hermosos templos, para demostrarnos que la sensibilidad humana (en este caso la sensibilidad de nuestros anónimos artesanos), es superior a los desquicios del poder y a los delirios de grandeza. 

Entonces, si nuestra vida es como un aleteo comparada con la de Quito ¿qué podemos hacer para dejar una huella o impronta? Necesitamos contar con un proyecto de vida, con una razón para existir de manera consciente y comprometida. Necesitamos marcar una diferencia entre lo natural y lo habitual, y no dejar en manos de otros aquellas decisiones que nos competen como seres humanos y como ciudadanos.

Y ya para terminar, quiero decirles que aún cuando la reflexión inicial no deja de perseguirme, deseo pensar (o tal vez soñar) que algo de mi quedará en Quito cuando llegue el momento de partir.  No sé si una caricia sobre la piedra, unos pasos impresos en alguna cuesta, o un caminar que se tornó en vuelo.  Lo que sí sé es que su eternidad me subyugó desde la infancia. 

*susanafg22@yahoo.com

jueves, 17 de enero de 2013


Compartimos la segunda parte de la lectura hecha por nuestra amiga Susana, en esta lectura ella nos lleva a soñar y volar por el cielo de Quito.


Desde el tejado de Santa Clara

Segunda Parte



Cielo de Quito

                                                                                                       Susana Freire García*

Luego de que nuestra guía (Carmen Ruiz) compartió información acerca de la vida conventual de las religiosas del Monasterio de Santa Clara, nos indicó que tenía preparada una sorpresa. Bajo la promesa que le hicimos de mantener silencio por respeto a nuestras anfitrionas, empezamos a subir por unas antiguas gradas de piedra. Su espiralada forma me recordó aquel principio de la filosofía aymara que nos enseña que en la vida todo sube y baja en un continuo devenir, y que por lo mismo no podemos sentir vanidad de haber llegado a la cumbre, ya que en algún momento volveremos a descender. 

Cuando llegamos al final de la escalinata, una profunda emoción se apoderó de mí. Estábamos ubicados en el tejado del monasterio. Su ondulada naturaleza similar a la de Quito, me hizo reflexionar que es precisamente en la irregularidad donde se halla su fortaleza. Al caminar sobre el tejado, mis pies experimentaron una sensación similar a la de estar transitando sobre pequeños montes. Y para alguien impaciente como yo, caminar no era precisamente lo que tenía en mente. Más bien tenía ganas de correr, desconociendo así los límites del tejado. Claro que la idea solo quedó en eso, ya que lo trascendente en ese momento, era apreciar no solo la arquitectura del monasterio, sino la hermosa vista que desde ese lugar tenía del hondón quiteño. Parecía (como siempre me ha parecido desde niña) que montañas, calles y cúpulas de iglesias, estaban al alcance de mis manos. Bastaría un leve esfuerzo para tocarlas. Esto es parte de la ilusión óptica que nos ofrece el hondón, ya que si nos colocamos en un punto alto de la ciudad, tenemos la posibilidad de apreciar una variedad de imágenes cómo si todas estuviesen en un mismo plano. 

Cúpulas del Monasterio de Santa Clara

jueves, 10 de enero de 2013


Iniciamos el año con un reflexión hecha por nuestra amiga Susana Freire García, esperamos disfruten de la lectura.



Desde el tejado de Santa Clara



Cúpulas del Monasterio de Santa Clara

Patio del Monasterio de Santa Clara



Primera Parte

                                                                                     Susana Freire García*



Gracias a una invitación realizada por mis amigos de Quito Eterno, tuve la oportunidad de disfrutar de una ruta que motivó en mi interior una serie de reflexiones, de ahí el interés de compartir las mismas con los lectores, en esta nueva serie que constará de dos partes. 

Uno de nuestros destinos fue el Monasterio de Santa Clara ubicado en las calles Cuenca y Rocafuerte, a pocos pasos de la plaza de San Francisco. Este monasterio fue fundado por Doña Francisca de la Cueva (viuda del Capitán Juan López de Galarza), con el fin de establecer un monasterio bajo la advocación de Santa Clara. Luego de cumplidos todos los requisitos legales, el mismo entró en funcionamiento el 19 de noviembre de 1596, según lo indica el historiador José María Vargas. Entre las primeras religiosas de claustro estuvieron la propia fundadora, su hija María de la Cueva, Ana y Andrea de Ortega y Jerónima de Cabrera. Según testimonios recogidos por el historiador mencionado, para 1650 vivían en él 78 monjas de velo, 30 legas (personas que aún siendo parte de la comunidad no tienen opción a una orden sagrada), veinte novicias y otras niñas criadas por las religiosas.

En este monasterio tuvo lugar un acontecimiento que hasta nuestros días ha llegado en forma de leyenda conocida como “La Capilla del Robo”. Este hecho cuenta con un asidero histórico ya que el 20 de enero de 1649 fueron extraídos dolosamente del tabernáculo del monasterio, el copón y las hostias sagradas. Este delito causó honda impresión no solo entre las religiosas, sino entre los quiteños en general, quienes creían que Quito sería objeto de una serie de castigos divinos por semejante ultraje. Días después estos objetos fueron hallados en la Quebrada de Ullaguangahuayco o de los Gallinazos  (sobre la que más tarde fue construida la Avenida 24 de mayo), lo que motivó la construcción de la famosa Capilla del Robo que existe hasta el día de hoy, a manera de desagravio.