Y en medio de todo ese familiar barullo, semiocultos por la ciudad, aparecen ciertos personajes que vienen a devolvernos algo que siempre ha sido nuestro, que lo sentimos día a día, que lo vemos reflejado en las arrugas de nuestros abuelos, de nuestras calles y fachadas: nos devuelven escenas de nuestra memoria perdida.
Pero esto no es ficción, ocurre realmente casi todas las mañanas, ¿no me creen? A las 9h30 a.m. al fondo de un pasillo en el segundo piso del Convento de Santa Catalina de Siena, Marieta de Veintemilla espera el momento de cumplir con la orden de su destierro, mientras recuerda los momentos preciados de su infancia; a esa misma hora, un Chulla Quiteño, fabulador y dicharachero, aguarda en el Teatro Bolívar a la llegada de un amor no correspondido; una Panadera del siglo XVIII, cruza la Plaza de San Francisco, preocupada por una posible revuelta que se daría en la ciudad por el problema de los Estancos del Aguardiente; Luis Morocho, artesano escultor de la Escuela Quiteña trabaja en la Escuela Taller Quito un retablo en honor a la Inmaculada Concepción, obra que muy pronto se verá en algún altar de una iglesia; y por último, Ana Luisa Muñoz, ruega a San Antonio, con estatuilla en mano, le confiera la gracia de tener un esposo y no la maldición de muchas mujeres de quedar para “vestir santos”…
Los personajes de historia y de leyenda de Quito Eterno, han estado contándonos sus anécdotas y vivencias desde hace 5 años, reviviendo hechos, leyendas y tradiciones que no merecen desaparecer de la memoria, que nos recuerdan y afirman nuestro devenir histórico, que nos cuestionan sobre las necesidades del presente y nos hacen pensar sobre el futuro de nuestra patria.

Aún tenemos mucho que contar, mucho que recorrer. Y si no crees en el encanto de esta ciudad, un día, mientras atravieses la Plaza de San Francisco, detente un momento en el atrio y siente como la ciudad empieza a engullirte en un tiempo de segundos detenidos, de historia cristalizada, cómo la gente que está allí en ese momento, ha estado desde siempre, y escucha el lenguaje quieto de los campanarios…
Édgar Freire-García