lunes, 12 de agosto de 2013

Nuestra amiga Susana nos comparte el desenlace de la historia de Manuela Cañizares, la mujer fuerte del 10 de agosto. 


Placa en honor a Manuela Cañizares ubicada en su casa del Sagrario





Manuela Cañizares: la mujer fuerte del 10 de agosto
Final 
Susana Freire García*
Manuela Cañizares ultimó el 9 de agosto de 1809, todos los detalles previos a la reunión que tendría lugar en su casa en horas de la noche. Sabía también que el Capitán Juan Salinas había realizado contactos con sus soldados de infantería, y gente afín a la causa independentista, que al interior de los barrios quiteños ya tenían organizados a los vecinos  para hacer frente a los invasores españoles.  
Ya bien entrada la noche los cabecillas del movimiento independentista empezaron a llegar a su casa. En esta asamblea heroica estuvieron presentes alrededor de 40 personas. Lleno de emoción, Juan de Dios Morales brindó un sentido discurso, para hablar de la trascendencia de este movimiento político nacido en Quito. Sin embargo el temor se hizo presente en varios de los cabecillas, y fue en ese momento cuando Manuela Cañizares llegó al cenit de su intervención en este episodio histórico, al exigirles que no se retractaran puesto que no podían dar la espalda al pueblo quiteño. Las palabras de la mujer fuerte, hicieron eco en los patriotas, quienes aceptaron la misión de seguir adelante con el plan propuesto. Mientras Morales abandonó la reunión para encontrarse con los líderes barriales, el Capitán Juan Salinas se trasladó a su cuartel  para asegurarse la lealtad de sus soldados de infantería. Por su parte los vecinos organizados en pelotones, estaban ubicados cerca de la casa de Manuela y de la Plaza Mayor. Bajo el grito de ¡Viva Quito!, la revolución empezó. A las cinco y media de la mañana del 10 de agosto de 1809, Antonio Ante y Antonio Aguirre se dirigieron hacia el recinto del Conde Ruiz de Castilla, para informarle que la nueva Junta Soberana de Quito, lo había cesado en sus funciones como Presidente de la Real Audiencia. Cuando cumplieron su misión, los vecinos de Quito ya no pudieron contener su alegría. Se lanzaron disparos al aire en señal de victoria, mientras las campanas de las iglesias de La Merced, La Catedral, San Francisco y San Agustín resonaron con fuerza. Manuela Cañizares salió de su casa, para dar el encuentro a Antonio Ante. Su imponente presencia no pasó desapercibida. Los vecinos empezaron a gritar espontáneamente ¡Viva Manuela Cañizares! 
Días después, Juan Pio Montúfar celebró un cabildo abierto en la Sala Capitular de San Agustín para la instalación de la Junta Soberana de Quito. Lamentablemente las diferencias empezaron a surgir, ya que mientras Montúfar y sus compañeros aristócratas apelaban a la solución pacífica del conflicto, Morales, Quiroga, Riofrío y por supuesto Manuela apoyaban los cambios profundos. Juan Pío Montúfar se llenó de temor ante un posible ataque armado en contra del pueblo quiteño, y prefirió pactar con el depuesto Conde Ruiz de Castilla a fin de que éste recupere su cargo, con la condición de que no existiese ninguna represalia hacia los cabecillas del movimiento insurgente. A Manuela esta decisión le desconcertó, ya que fue un golpe de muerte en contra de la revolución quiteña. El 2 de diciembre de 1809, ingresaron a Quito 500 soldados provenientes de Lima, quienes bajo las órdenes del Coronel Arredondo, ejercieron una brutal violencia en los hogares quiteños, hasta encontrar y encarcelar a los patriotas entre los cuales se encontraban Morales, Quiroga, Salinas, Ascázubi, Larrea, Riofrío, Arenas y un hijo del general Nicolás de la Peña, a más de artesanos y representantes de los barrios de Quito. Manuela contra quien pesaba la orden de pena de muerte, huyó de Quito hacia una hacienda ubicada en el Valle de los Chillos. Durante su exilio recibió la fatal noticia del asesinato de sus compañeros de batalla, perpetrado el  2 de agosto de 1810. Pese a todos los riesgos incluyendo la orden de pena de muerte, decidió retornar a Quito en 1813, en medio de una angustiosa situación personal y económica. Recibió el auxilio de unos pocos amigos que la escondían en diferentes casas, y luego de las religiosas del Monasterio de Santa Clara, en donde pasó sus últimos días, hasta morir en 1814, a los 45 años de edad. 

Nueva Judith mujer fuerte,
que aunque acero no manejas,
dar mandobles no dejas,
por dar al contrario muerte.
La patria quiere su suerte
a las espadas fiar;
pero también esperar
de una mujer mucho puede,
para que Holofernes quede
tendido y sin respirar.
(Copla popular recogida por Juan León Mera, en honor a Manuela Cañizares)

*susanafg22@yahoo.com

jueves, 1 de agosto de 2013

Compartimos la segunda parte sobre la historia de Manuela Cañizares.



Interior Casa Parroquial de El Sagrario





Manuela Cañizares: la mujer fuerte del 10 de agosto
Segunda Parte
Susana Freire García*
Los cabecillas del movimiento independentista se reunían principalmente en la casa de Manuela Cañizares y en la de Juan de Dios Morales, para diseñar las estrategias del golpe revolucionario que tenían previsto dar. Sin embargo, la imprudencia de uno de los cabecillas, el Capitán Juan Salinas, quien le contó al padre mercedario Andrés Torresano sobre las intenciones de dar término al régimen colonial, puso en serio peligro a todo el grupo, ya que el mercedario fue inmediatamente a denunciar el hecho, ante el presidente de la Real Audiencia de Quito Conde Ruiz de Castilla.  Fue así que una noche, luego de salir de la casa de Manuela, fueron apresados Juan Pio Montúfar. Juan Salinas, Quiroga, Morales, José Riofrío y Nicolás de la Peña. El 9 de marzo de 1809 se instauró la causa criminal contra ellos. Entre los quiteños el temor era evidente, y mucho más, en los allegados a la causa revolucionaria. Algunos de ellos optaron por esconderse, mientras Manuela trataba por todos los medios de ayudar a los detenidos. Una vez concluido el sumario, se dictó la orden de pena de muerte para los encarcelados. Esta noticia fue un duro golpe para Manuela, más un hecho inesperado, dio un giro a los acontecimientos, ya que cuando el secretario Pedro Muñoz se disponía a informar sobre el proceso al Conde Ruiz de Castilla, no halló los documentos acusatorios, y por ende se quedó sin pruebas en contra de los detenidos. Todo parecía indicar que personas afines a la causa revolucionaria sustrajeron los papeles, lo que obligó a las autoridades españoles a liberar a los presos.
Luego de este incidente, las medidas de precaución fueron extremas. Lejos de acobardarse, los cabecillas empezaron a trabajar con más ímpetu.  Manuela reforzó su decisión de seguir organizando las tertulias en su casa, pese a los riesgos que corría, ya que si los españoles descubrían su participación, podía incluso perder la vida. Su tesón y lúcida inteligencia, eran los pilares que a diario la sostenían. En las reuniones animaba a sus compañeros de batalla, y a la vez expresaba sus ideas abiertamente. Ellos respetaban su criterio, aun cuando temían incriminarla demasiado en los hechos. Es por ello que decidieron alternar las reuniones unos días en casa de Manuela, y otros en la de Javier de Ascázubi. Y fue precisamente en esta última, en la cual se redactó el Acta de instalación de la Junta Suprema de Quito el 7 de agosto de 1809, bajo la dirección de Juan de Dios Morales. Al día siguiente se redactaron los poderes que otorgaron los representantes de los barrios de la Catedral, San Marcos, San Blas, San Sebastián, San Roque y Santa Bárbara, así como de las instituciones colegiadas civiles y religiosas. En total se nombraron a 36 diputados.
Los días posteriores fueron de intensa actividad. Entre todos habían decidido que la última reunión y la más importante, se haría en la casa de Manuela Cañizares. La misma estaba prevista para la noche del 9 de agosto, en las vísperas de la festividad de San Lorenzo. Acostumbrada a vivir al filo de la navaja, la mujer fuerte asumiría la causa independentista en nombre del pueblo quiteño…
Continuará...
*susanafg22@yahoo.com

miércoles, 24 de julio de 2013

Susana nos invita a conocer la labor hecha por una gran mujer en la época independentista.

Manuela Cañizares. Oleo sobre tela de Antonio Andrade


Manuela Cañizares: la mujer fuerte del 10 de agosto

Susana Freire García*
A propósito de la próxima celebración del 10 de Agosto, es justo valorar la participación y el legado de una de la mujeres más importantes de esta gesta heroica, como lo fue Manuela Cañizares y Álvarez (Quito 1769- 1814), a través de una serie que constará de tres partes, para que nuestros lectores puedan conocer de cerca la vida de esta mujer excepcional.

Primera Parte
La prematura muerte de Eugenio Espejo en 1795, dejó al Movimiento Ilustrado sin uno de sus mayores y más lúcidos representantes. Sin embargo, los postulados de la Revolución Francesa y las ideas libertarias y políticas de Espejo, calaron hondo en sus amigos y seguidores, quienes lejos de rendirse siguieron trabajando de manera clandestina para poner fin al dominio español en la Audiencia de Quito. La inestabilidad política en España y la invasión de Napoleón Bonaparte en 1808, que dio como resultado la coronación de José I (hermano de Napoleón) como el nuevo Rey de España, fueron acontecimientos que no pasaron desapercibidos para el círculo de Espejo. Además para enero de 1809, los miembros de la Junta Suprema reunidos en Sevilla declararon por vez primera “que los dominios españoles no eran propiamente colonias”, y que por lo mismo tenían derecho a contar con una representación nacional, y a ser parte de la Junta Central Gubernativa del Reino por medio de sus correspondientes diputados. Fue así que en el caso de la Audiencia de Quito resultaron elegidos como diputados José Mejía Lequerica, Juan Matheu, José Joaquín de Olmedo y Vicente Rocafuerte. 
El reinado de José Bonaparte en España, brindó la oportunidad esperada por los patriotas quiteños. El camino a seguir consistía en rechazar al monarca extranjero, proclamar la lealtad al depuesto rey español Fernando VII, y constituir un gobierno propio, con su Junta Suprema. Si bien no todos estuvieron de acuerdo con el plan, el mismo ya no podía detenerse. Y es en este momento crucial, cuando la figura de una mujer empezó a brillar con luz propia. Las miradas de los revolucionarios se concentraron en la figura de Manuela Cañizares y Álvarez, dueña de una inteligencia y valor poco común en esos días. Tras ese espíritu indomable se hallaba una mujer que desde niña aprendió a vivir por encima de los prejuicios y las negaciones. Junto a su madre Isabel Álvarez, combatió a la pobreza y a la humillación, por el hecho de ser una hija no reconocida. Mas esta experiencia, lejos de acobardarla, hizo de ella un ser fuerte y decidido, que anhelaba al igual que los revolucionarios, la libertad para Quito. Es por ello que no dudó en ser parte del movimiento independentista, y de hacer de su casa ubicada junto a la iglesia de El Sagrario, uno de los sitios estratégicos para la realización de tertulias literarias y políticas. En medio de hombres de la talla de Juan Pío Montúfar, Antonio Ante, Javier, Ascázubi, Juan Salinas, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez Quiroga, José Riofrío, Juan Larrea y Nicolás de la Peña, dio a conocer su pensamiento con la lucidez propia de una mujer que supo colocarse en un sitial privilegiado y no por ello exento de riesgos, y así ser parte de esta gesta heroica que hizo de Quito la ciudad Luz de América.
Continuará
*susanafg22@yahoo.com

miércoles, 17 de julio de 2013

Los "guambras lomeros" aquellos que pasamos gran parte de la infancia en las lomas del Panecillo, Itchimbía, San Juan, recordamos con cariño el vuelo de las cometas, gracias a Susana por regalarnos un artículo que nos invita a volar con nuestros recuerdos...

Cometa, Foto de Susana Freire García




Sueños de cometas

Susana Freire García*

En las vacaciones, un sitio obligado para ir de paseo con los amigos era el Panecillo. Alrededor de este emblemático mirador natural de Quito, se contaban una serie de relatos y leyendas que eran transmitidas por los maestros en la escuela. El que más me emocionaba era el testimonio del Padre Juan de Velasco, quien en su libro La Historia Antigua contaba que los Schyris construyeron en este lugar un templo dedicado al Sol en forma cuadrada y con piedra labrada, que tenía una cubierta piramidal y la puerta direccionada al Oriente, guarnecida con dos altas columnas que se utilizaban como observatorio, para el estudio de los solsticios y los equinoccios. El sacerdote también mencionaba que alrededor del templo existían doce pilastras que indicaban los meses del año, y cada uno señalaba con la sombra, el principio del mes que le correspondía.
Animados por estas historias, los niños ascendíamos al Panecillo llevando con nosotros las famosas cometas, ya que sabíamos que en este mirador privilegiado de Quito, era el mejor lugar para hacerlas volar y divertirnos con ellas. Al respecto cabe mencionar que la cometa fue inventada por los chinos y que en el año 1200 ADC, fue utilizada como dispositivo de señalización militar. Luego llegaron a Europa, en donde existen datos de que en el siglo XII, los niños ya jugaban con las cometas, a las cuales les añadían cuerdas para hacerlas sonar. Lo cierto es que tener una cometa constituía un tesoro en la infancia. Había quienes eran muy hábiles y podían diseñar por sí solos uno de estos juguetes, y otras como yo que teníamos que comprar una ya sea en la tienda o bazar. Después de transitar por un sendero empinado y polvoriento, llegábamos a la cima llenos de emoción. Cada quien corría para buscar un sitio y empezar a hacer volar a la cometa. Esta diversión tenía su arte, ya que había que cuidar todos los detalles para que la cometa pudiese elevarse. En la una punta colocábamos una tira larga de tela que servía como soporte, y en la otra amarrábamos la madeja del hilo que servía para hacerla volar. Cuando el viento soplaba a nuestro favor sabíamos que el momento esperado había llegado. Tímidamente tirábamos del hilo para que las cometas iniciasen su vuelo. Algunos intentos terminaban en fracaso, mas había que tener paciencia. Poco a poco las cometas se iban elevando hasta alcanzar gran altura. Entre risas, tratábamos a toda costa de que nuestras cometas no se cruzaran, para evitar cualquier clase de colapso. Cada uno, se mantenía firme y atento para que su cometa, cual bella ave de papel, volase a rienda suelta, llevando en su cuerpo, impregnados nuestros sueños. Y en medio del juego y la expectación, había un instante para mí, en que la risa se transformaba en silencio, ya que mientras observaba cómo la cometa se acercaba a las nubes, sentía que junto a ella podía volar hacia lugares desconocidos y descubrir por mí misma, aquello que comúnmente me era inalcanzable. Entonces cerraba por un momento los ojos, para sentir la fuerza del viento sobre las mejillas, y pedir con todas mis fuerzas poder algún día llegar a ser una escritora, y así crear relatos alrededor de la ciudad amada. De vuelta a la realidad, el sueño y la cometa volaban a un mismo ritmo, en medio de una incertidumbre e inocencia conmovedoras…

*susanafg22@yahoo.com

miércoles, 10 de julio de 2013

Agradecemos a Susana por el artículo que nos hace recordar el tiempo en que salíamos de vacaciones, muchas cosas pasan por nuestra mente...

Lorita de la suerte. Fotografía de Ulises Estrella




Dulces vacaciones
Susana Freire García*

En estos días de verano vienen a mi mente varios recuerdos y sensaciones, que siguen provocando aquella alegría propia de esa época, en que la vida era más sencilla. Libre ya de las obligaciones escolares, sentía que aquel régimen adusto asociado con el estudio, debía ser ignorado en las vacaciones.  Las opciones que se presentaban para cumplir tal objetivo eran de lo más variadas y divertidas. Una de ellas consistía en aprovechar cualquier oportunidad que se presentase,  para degustar aquellas deliciosas golosinas que provocadoras, aparecían en varios rincones del centro de la ciudad. Si pasaba cerca del portal de Santo Domingo podía comprar las colaciones que vendían las cajoneras, y si caminaba unas cuadras más arriba hacia la Venezuela me esperaban aquellos famosos helados de la “Heladería Caribe”. En esa calle y cerca ya de la Plaza Grande, podía adquirir los cuadrados de manjar de leche o los famosos suspiros, que hasta la fecha me siguen deleitando. Mas mi consabida curiosidad tenía un sitio predilecto no solo para disfrutar de las golosinas, sino además para involucrarme en la vida popular de Quito de una forma directa: la plazoleta de San Diego. Luego de visitar a mi abuelo materno Jorge García que está enterrado en el cementerio (lo de visitar tenía y tiene para mí una connotación muy especial, ya que el recuerdo de mi abuelo me es inmensamente querido), salía de la mano de mi madre para ubicarme en medio de la plazoleta. Los días domingos se instalaba en este espacio una pequeña feria, que ante mis ojos tenía una belleza muy especial. Los más diversos personajes emergían ante mí, ayudándome a reforzar ese lazo de identidad con Quito, que ya empezaba a adquirir un vuelo propio. Poniendo como argumento mi buen desempeño escolar, conseguía que mi madre me comprase varios dulces. Primero pedía un algodón de azúcar. Era un privilegio observar cómo aquellos vendedores colocaban el azúcar en ese aparato especial, hasta convertirlo en un delicado manjar que se derretía lentamente en la boca, como si se tratase de un regalo de los dioses. Más allá asomaban las manzanas con caramelo, las cañitas, moritas, claritas, los arroces de dulce con billetes de juego, los chupetes envueltos en papel de cera que venían con alguna sorpresa, los conos de papel rellenos con coco de dulce. Nunca faltaban los comerciantes que ofrecían globos, pelotas de caucho rellenas con agua, “chipotes chillones”, trompos, yoyos, bolas de colores, cometas, pitos y demás juguetes curiosos. La alegría parecía no tener límite, y mientras seguía degustando de los confites, descendíamos con mi madre hasta la Plazoleta Victoria para luego desembocar en la avenida 24 de mayo. Ahí nuevamente la niña daba rienda suelta a su imaginación, en especial cuando asomaba esa especie de trashumante que ofrecía un peculiar servicio para leer la suerte de sus clientes, ayudado de una lorita, un mono y una caja de madera en la cual se hallaban depositadas varias tarjetas, que contenían un mensaje especial. Mi madre escéptica ante este servicio, se negaba a regalarme unas monedas, mas mi terquedad daba sus frutos y al fin ella cedía. Con nerviosismo entregaba las monedas al señor, para que la lorita sacase una de las tarjetas colocadas dentro de la caja. Al recibir la tarjeta, cerraba por un momento los ojos antes de leer su contenido. Mi suerte dependía de la misma, así que el asunto exigía seriedad. Llenándome de valor,  leía la frase. Para mi alegría, el futuro se mostraba prometedor y lleno de buenos augurios. Después de agradecer a la lorita por su servicio, volvía a tomar la mano de mi mamá con la ilusión de que aquellos bellos instantes,  pudiesen durar toda una eternidad.

*susanafg22@yahoo.com

jueves, 4 de julio de 2013

Nubes Rosadas

Cuando éramos guambras "todo" nos llamaba la atención, la forma de hablar de la vecina, los juguetes, las piedras, etc. Pero es bueno saber que la imaginación de los niños y niñas es única, pensar que las montañas son gigantes acostados, o las distintas formas de las nubes que en la mente forman figuras, personas y más...
Susana nos inspira a mirar nuevamente con esa imaginación de guambra al cielo de Quito.



Nubes Rosadas Foto: Susana Freire García

Nubes rosadas
Susana Freire García*

Cuando el sol lanza sus primeros rayos, las nubes rosadas hacen su entrada en el cielo quiteño. Su blancura adquiere ese color tan especial, dado el sutil coqueteo que mantienen con el astro solar. Se dejan acariciar por él, mas no quemar, ya que conocen la intensidad de su fuego. Prefieren mantenerse a una prudente distancia, mientras se deslizan sutilmente para distraerlo. Desde abajo y a la distancia, es hermoso observarlas y tratar de encontrarles sentido a sus múltiples formas. Este es un juego que hasta el día de hoy me sigue gustando. Desde niña solía recostarme sobre la hierba para mirar con detenimiento a las nubes. A veces descubría en ellas rostros humanos o de animales, o seres salidos de algún cuento. Ahora mi imaginación va más lejos: me pregunto si aquel color tan singular que adquieren a determinadas horas del día, será posible solamente en una ciudad como la nuestra. Hay algo en Quito que hace únicas a las nubes, ya que aquí el sol cae recto y la energía se concentra de modo especial. Es por ello que la luz ingresa al hondón como si de una obra de arte se tratase, e impregna a las nubes con un matiz muy especial. Esto ya lo percibieron nuestros antepasados quienes sabían que Quito era la tierra del sol, y también lo percibió el poeta Jorge Carrera Andrade al expresar “que las nubes parecían bajar, como fabulosos animales de algodón a tenderse sobre las sementeras, las plantas de mellocos, las patatas en flor, y las jícamas de hojas anchas como lenguas de vaca”.
Al verlas así, con ese color tan intenso, provocan un profundo deseo de sumergirse en ellas para así contagiarse de esa rica vida interior, hasta perderse en su etéreo cuerpo. Sin embargo la ilusión dura poco, ya que como llegan se van, dejando a su paso una alegría que permanece. Y al igual que la vida, el día tiene un comienzo y un final, y luego de una ausencia prolongada, las nubes rosadas vuelven a aparecer en el cielo quiteño, cuando el sol está por despedirse, para dar paso a la noche. En ese momento, parece que se libra una batalla en el firmamento, entre la luz y la sombra. Como sabias espectadoras, las nubes rosadas optan por tenderse sobre el horizonte, para hacernos creer que el cielo y la tierra se juntan, ya que el hondón quiteño así lo permite. Y es en ese preciso instante cuando todo parece ser posible, tanto que bastaría cerrar los ojos para convertirse en una nube rosada.

*susanafg22@yahoo.com

jueves, 27 de junio de 2013

En el antiguo "mentidero" "apodo" que se le dio a la Plaza Mayor, hay árboles únicos que guardan historias conmovedoras que por la falta de nuestra curiosidad las hemos olvidado, Susana nos lleva a recordar y aprender más sobre esos seres mágicos que custodian el antiguo "mentidero".

 Arupo de la Plaza Grande


“El corazón del arupo”

                                                                         Susana Freire García*

Más de un peatón se habrá sentido conmovido, cuando al caminar por la Plaza Grande, sus ojos se deleitan con la belleza de los arupos que florecidos en todo su esplendor, brindan a la ciudad un colorido único e intenso. Sus flores rosadas nos hablan sobre la vida interior del árbol, y la fuerza que emana de su indomable naturaleza. En lo personal guardo mucho afecto a estos árboles, ya que en la casa familiar tenemos a uno de ellos. El arupo al que me refiero tiene casi mi edad, y es por ello que puedo decir que crecimos juntos. Desde niña me encantaba esconderme bajo sus ramas, para que mi mamá no me hallase al momento de hacer los deberes escolares. Cuando despierto por la mañana, es lo que primero veo a través de la ventana de mi habitación. Su belleza se asemeja a la de las nubes rosadas quiteñas, que en estos días de verano aparecen fulgurantes en el cielo.
El arupo es una especie autóctona de la serranía ecuatoriana, específicamente de Loja, y florece en el verano cuando el sol cae recto sobre Quito. Su florecimiento coincide con la fiesta en honor a Sol conocida como Inti Raymi, que nuestros indígenas celebran durante los meses de junio y julio. Coincide también como lo señala el historiador Vladimir Serrano con la gesta heroica del 10 de agosto, razón por la que podemos asociarlo con el ideal de libertad, tan importante para el pueblo quiteño. 
Debido a la importante presencia de los arupos en nuestra ciudad, me es grato compartir con los lectores, una versión resumida del relato de autoría del investigador Alfredo Fuentes Roldán (la versión completa consta en su libro Quito tradiciones Tomo 1),  y que lleva precisamente por título “El corazón del arupo”: “Cuando los incas llegaron a estas tierras lo hicieron al ritmo de los tambores de guerra. La invasión fue sangrienta y enmudeció a miles de voces. Los vencedores arrasaron con las costumbres y se adueñaron de todo. Huayna Cápac, Señor del Imperio, se apoderó de Quito para engrandecer al Tahuantinsuyo. Sin embargo la profecía que anunciaba la llegada de los “huira cochas” o los venidos del mar, para aniquilar su  imperio, le tenía preocupado. Su cita con la muerte le llegó en Tumipamba, en el año de 1528, sin que pudiese ver cumplida la profecía. Su hijo Atahualpa hijo de Paccha, princesa Cara de Quito, fue el preferido de Huayna Cápac, y recibió por herencia la parte norte del Tahuantinsuyo. Por su parte Huáscar, el primogénito y sucesor del trono, heredó la parte sur. Esta división real causó una pelea entre ambos herederos. Atahualpa para defender sus territorios, formó un ejército liderado por sus mejores jefes entre los que se destacaron Quisquis, Rumiñahui, Zopozopangui, Chalco-chima y Zotaurco. Tras cruentas batallas el ejército quiteño culminó victoriosamente su campaña en el Cuzco. Atahualpa se convirtió en el único e indiscutible jefe, sin embargo su triunfo duró poco. Sus días de descanso en Cajamarca fueron interrumpidos por la presencia de 200 españoles, quienes desdeñaron el cálido recibimiento que les ofreció Atahualpa, dada su desmedida ambición por el oro. 
Ajeno a los intereses de los invasores, Atahualpa ingresó a la plaza central de Cajamarca, acompañado de una reducida guardia de nobles y un batallón de danzantes y músicos, quienes le abrieron paso con música y baile. De repente sufrieron el ataque de los españoles y como se encontraban desarmados, no pudieron defender a Atahualpa, el mismo que fue hecho prisionero en su propia casa. Para alcanzar su libertad, Atahualpa ordenó que se entregase a los invasores grandes cantidades de oro. Los españoles no contentos con esto, reclamaban mucho más. Su desmedida ambición y crueldad quedó descubierta, y los rumores sobre una revuelta indígena les atemorizaron, al punto que los invasores decidieron asesinar  a Atahualpa, mientras el Cotopaxi con un solo alarido hizo reventar sus entrañas, para que los montes tutelares le contestasen. Como bien lo profetizó el aravico, anocheció en mitad del día. El 29 de agosto de 1533 floreció ensangrentado el arupo y dolorosamente los campos se abrieron a la cosecha”.
*susanafg22yahoo.com