miércoles, 29 de abril de 2009

Día de la madre

Hemos decidido ofrecer a nuestros amigos una alternativa diferente para celebrar. Haremos algunos recorridos especiales durante la semana del 5 al 10 de mayo, con personajes tradicionales de Quito, visitando lugares simbólicos del centro histórico.
Será una experiencia de encuentro con la ciudad, como si ella misma fuera la homenajeada.
Al final habrá una cena tradicional o chocolate quiteño, de acuerdo a su preferencia.
Para reserva o tener más información pueden contactarnos a nuestros teléfonos: 228-9506 / 295-4469.
O pueden escribirnos un e-mail al info[arroba]quitoeterno.org.

martes, 24 de marzo de 2009

Desde que decidí contar historias sobre Quito…

Por: Carmen Ruiz

Algunas veces cubierta de negro y a paso lento, con el peso de los años en el rostro y la voz, otras veces en cambio con una falda roja, chal amarillo, trenza y una canasta de la cual sale no sólo el sabor sino el fruto de cada mañana; amasada y horneada la harina y los chismes sobre una posible revuelta en la ciudad. En un par de ocasiones fui también a una de las montañas sagradas, esta vez era una hierbatera, aquella mujer que encontró un lugar donde aún crecen las plantas más usadas para curar los males: de ojo, de espanto, de aire, de amor. Ahí está la quebrada donde se esconden duendes e incluso brujas; algunos llegaron a confundirme con la “bruja del Itchimbía”.

Algo es seguro, cada vez que representé estos personajes: Beata, Panadera o Hierbatera algo en mí cambiaba y dejaba de ser Carmen, la muchacha alegre y chistosa para ser alguien más: un personaje anónimo que vive en la ciudad y que en su día a día llegó a mirar a los quiteños de una manera distinta, de una manera más sensible, más humana.

De igual manera han sido muchas las personas que han querido saber de la ciudad, niños, jóvenes, adultos, conocidos y desconocidos. Estoy segura que siempre se llevaron algo de mí y, por supuesto, yo de ellos.


Recuerdos tengo varios, he visto muchas risas y también algunos llantos, pero quizá el que más ternura me trae cuando lo tengo en mente es aquel que, en mi primer año, con un grupo de doce niños, cuando íbamos a jugar “un puente se ha caído”, todos estaban muy animados, escogí a dos niñas para que sean el puente. En ese momento una de ellas mencionó que su otra compañera “no podía”, yo pregunté: ¿por qué? La niña señaló y dijo que a su compañera le faltaba una mano. Aquella bajó la cabeza y se sonrojó. Yo le dije que eso no importaba que simplemente la sujetara de la manga del saco y que siguiéramos jugando. Todo terminó bien pero lo que no olvidaré es la mirada y gran abrazo que la niña me regaló al momento de despedirnos. Toda ella me decía: Gracias.

A veces me pregunto ¿cuántos atropellos tenemos que pasar las personas? Estamos acostumbrados a mirar extraño o hacernos a un lado cuando alguien tiene alguna diferencia. A cuántos de nosotros nos haría bien tener sus ojos para mirar lo que ellos, observar, tocar y sentir como ellos: el cojo, el ciego, el mendigo, porque a la final todos vivimos y hacemos esta ciudad.

Aún me quedan muchas experiencias por vivir y cada vez estoy más atenta a lo que sucede en la cotidiana convivencia.

Convivir, un verbo que ha cobrado un nuevo significado para mí y que invito a todos a repensarlo, porque el estar con, el vivir junto a es lo que hace también a una ciudad.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Esquizofrenia

Por: Natalia Dávila

Entrar en personaje es sambullirse en otro mundo, es ser parcialmente esquizofrénico para tener la convicción de una realidad en la propia piel y poder transmitírsela a los demás con credibilidad, o por lo menos sin una burda sobre actuación. Pero qué sucede cuando en medio de esta magia, una profesora de la institución que está asisitiendo a una Ruta de Leyenda, suelta una pregunta del calibre de una bomba atómica para el personaje en acción: “Señoritaaaaa, ¿y ésto que ustedes hacen lo financia el Municipio? ¿Y usted estudió para ser guía de turismoooo?” Es importante situar el momento de la pregunta, porque si se diera de manera discreta, sería un hecho mínimo. Pero no, sucede justo en medio de la ruta, cuando se reparten los refrigerios a los estudiantes y todos ellos se encuentran juntos y escuchando cada palabra de su maestro.

Es tan brutal el impacto de este tipo de preguntas, y peor si llegan juntas, que el romanticismo de esta historia de matices blanco y negro, y traida de hace más de cien años, es empapada por un inesperado baldazo de realidad. En un segundo, el trabajo de ambientación, el carácter adquirido, la postura, el tono de voz, TODO, desaparecen, y la persona tras el personaje emerge...

A una simplemente le sacan los diablos

A un tris de reprender a la maestra, en un esfuerzo sobrehumano por contener a la bestia dentro de mí, logro una sonrisa cordial que emerge también con una respuesta definitiva: NO. Pero es demasiado tarde, ya las estudiantes han saltado dentro de la ruptura para averiguarlo todo, “¿y qué estudió, y cómo se llama, y cuántos años tiene?”. En ese punto es casi imposible salir airosa e intocada de tal acoso, así que arrinconada por niñas curiosísimas, suelto un par de datos. “No soy guía de turismo, tengo un título de arquitecta, pero en realidad soy pianista”. La curiosidad ha sido engañada, así que me doy la vuelta y retomo mi personaje, cuando de pronto escucho: “Woooow, es arquitecta y es pianista, y además es actriz y utiliza ese vestiiiiido. Cuando sea grande quiero ser como tú, ¡eres una DIVA!”. No hay manera de contenerse ante este tipo de comentarios, y la carcajada al unísono fue inevitable. Luego de esto, a pesar de haber perdido la solemnidad, conservé su respeto, atención y colaboración para alimentar de datos mi ruta para futuras vivencias. Nunca hay que negarse a aceptar información que una no posee. Al hablar de Santa Mariana de Jesús y las penitencias que se hacía con ortiga, rápidamente me contaron que un efectivo remedio casero consistía en untarse mocos para aliviar el ardor.

¿Para qué resistirse? Es más fácil dejarlo fluir y reír, y reconocer que una de las cosas más satisfactorias de este trabajo es ese contacto con la espontaneidad, el indefenso descaro, y la vivacidad que poseen los niños y los adolescentes, y que nunca deberíamos perder. Gracias a ellos, las rutas tienen vida y yo, mi título de Diva.

Reflexiones sobre "Esquizofrenia"

Por: Édgar Greire-García

En una ciudad donde el concepto de cultura se viene resignificando por los diversos eventos promocionados por la Casa de la Cultura, el Municipio de Quito y las múltiples entidades artísticas, vale cuestionarse sobre cuáles son las nuevas percepciones que se tiene sobre los conceptos de cultura y arte. ¿A qué se define como arte? ¿Cuál es la idea que la gente tiene sobre lo artístico, sobre el trabajo mismo del artista y sobre la producción en general? Yo creo que por un lado, se tiene una idea muy vaga sobre el concepto del arte y por otro, hay una especie de modelos o cánones establecidos sobre lo que es arte y lo que no. ¿Un concierto cualquiera de música es arte? ¿Un conjunto de presentaciones al aire libre es arte? O, ¿sólo es verdadero arte aquello que se presenta en los teatros Sucre, Variedades o en la Casa de la Música? Además, continuamente se escuchan expresiones tales como: “¡Eso sí es arte!” Refiriéndose a una presentación de danza clásica, donde la inmensa mayoría desconoce sobre los movimientos básicos de danza. “¡Eso sí es música!”, cuando se presenta una ópera en el Teatro Sucre, aunque no seamos una cultura de ópera ni se entienda la trascendencia de este género, incluso a veces ni el idioma. Y así, percepciones de este estilo se manejan a la ligera en cualquier instancia. Estamos acostumbrados a ver solo un tipo de arte y desconocemos mucho sobre el trabajo del artista y las varias y nuevas tendencias, lejos ya de lo clásico, lo “dramático”, o de las temáticas sociales tan redundantes en el arte ecuatoriano. Con este breve preámbulo podemos entonces comprender la reacción de mi compañera de trabajo en cuanto a sus experiencias de ruta.

viernes, 13 de febrero de 2009

¡Invaluable joya en Quito!

Por: Alex Manzano

Definitivamente Quito no es la misma desde hace algunas semanas. No se han construido modernos edificios, tampoco eficientes avenidas al vivo estilo del siglo XXI, el sol nos ilumina de la misma manera, la lluvia ha caído hacia abajo como siempre y con todas estas acostumbradas normalidades, no es la misma para mí.

¡Cómo ha de ser la misma ciudad de todos los días si ahora las casas del centro histórico, antes desapercibidas para mis sentidos me cuentan historias nunca sospechadas! Ahora que las calles me cantan al oído diversas anécdotas comprendo gran parte de la forma en la que se ha construido la actual ciudad y cómo gran número de acontecimientos en la misma sucedidos se repiten variando sus formas, pero de contenidos y personajes bastante parecidos. Las casas emanan olores de pasados años, las voces de los fantasmas se niegan a morir cuando hay alguien que los recuerda, que los convoca trayéndolos al presente haciendo que revivamos un no muy lejano Quito.

Soleada la mañana y con los nada extraños vientos fríos entré acompañado de un excelente compañero, Lenin, a la antigua Maternidad en la cual funciona actualmente la Escuela Taller Nº 1. Impactante fue el primer encuentro con el interior de la antigua Maternidad, ya que a los iniciales tímidos pasos, se presentaron ante mí cuatro grandes enredaderas de flores de un color muy vivo, ente amarillas y tomates, que se alzaban vistiendo las columnas de la entrada.

Entramos al primer salón donde el baile de muñecas de los futuros maestros en el arte del tallado de madera rítmicamente acompañaban las canciones de una radio vieja que proyectando sus ondas rompían el silencio impuesto por la concentración y dedicación de los casi egresados; estaban elaborando su obra final que han de presentarla en marzo del presente año. Todos ellos conocían a Lenin de antes, ya que el lugar era parte de su recorrido. Ahora empezó con las primeras explicaciones y recomendaciones para que pueda tener ideas para mis futuras visitas al taller. Me fue difícil atender las explicaciones dadas, o tal vez las dejé en segundo plano ya que me encontraba sorprendido y emocionado al ver parte de los trabajos ya realizados por los estudiantes, las técnicas utilizadas revelaban gran talento, ni siquiera imaginé que existían estos talleres, es por eso y por mi inhabilidad con las manos para algunos trabajos que las palabras escogidas para este taller son definitivamente sorpresa y admiración.

Bajamos después al taller donde se trabaja la piedra, gran contraste de esta con el color de la madera, con su textura y en fin con todo, pero no por eso menos bella. El Maestro Gonzalo Guachamín, responsable de la enseñanza en este taller nos recibió sin mayor sorpresa, puesto una chaqueta jean, botas, una gorra desgastada y sus manos llenas del polvo que las cubre al dar cada golpe a la piedra para que tome la forma deseada. Sin darme cuenta el maestro ya estaba hablando de cómo desarrollo su destreza para trabajar la piedra de forma que le permitiera participar en obras que hasta hoy al recordarlas hace que sus ojos se llenen de un especial brillo y su voz se agrande. Le pidió a su alumno (el último que queda ya que “los otros nueve ciudadanos” han dejado la escuela taller hace algún tiempo) que sacara un libro. Detenerse y pensar en los requerimientos para lograr un trabajo de piedra que sea tan bueno como para estar en lugares como el Teatro Universitario, Congreso Nacional, en iglesias y que además todo esto sea documento en un libro hecho por la Casa de la Cultura, demuestra que en realidad las personas que las realizaron sabían muy bien lo que hacían.

Al salir de la antigua maternidad muchas preguntas me atraparon, no tendrán respuesta, pero es bueno plantearlas: ¿Cuántas de las personas que veo a diario caminando por la calle tendrán trabajos u oficios tan peculiares, que son grandes, aunque no sean conocidos y menos aún reconocidos?

martes, 13 de enero de 2009

Guardianes del Patrimonio

Quito Eterno se encuentra realizando las Rutas de Leyenda para el proyecto Guardianes del Patrimonio. Aquí algunas fotos de los recorridos de los últimos días.




Más fotos las pueden ver en esta galería.

miércoles, 7 de enero de 2009

En la casa de Marieta

Por Natalia Dávila

Mi abuelita se llamó María Virginia Bravo y mi abuelito Sixto Salguero. ¡Qué orgullo! Todavía mantengo los recuerdos vivos: mi abuelito saliendo todas las tardes después del almuerzo, desde su casa en el barrio El Dorado, hacia la Plaza Grande; mi abuelita, sentada en el patio junto a mí, batiendo las claras de los huevos para preparar el más delicioso rompope que haya probado en la vida; y mi tía abuela que se sentaba en una vieja silla de madera en la cocina y con los ojos cerrados empezaba a rezar. Todos decían en ese entonces que ella era una beata. Yo no tenía idea de lo que eso significaba, solo sabía que sus rezos me ponían la piel de gallina. En vacaciones pasaban semanas enteras donde ellos, me divertía más que en cualquier otro sitio, de hecho yo parecía una viejita más. Me encantaba bordar con esos hilos de arcoiris mientras que mi abuelita tejía en tricot o crochet, diseñábamos vestidos para mis barbies y los cosíamos en su máquina de coser Singer, o regábamos sus cientos de cactus. Por las noches, luego del café, Papi Sixto prendía la chimenea de la sala pequeña y nos sentábamos a recibir el calor del fuego. Mientras conversaban, yo me acurrucuba junto a mi abuelita y la abrazaba con fuerza, me encantaba sentir su piel tan calientita y suave, y percibir el dulce aroma de ese perfume americano que tanto le gustaba.

Crecí y me volví un tanto ingrata, ya no los visitaba mucho y los abrazaba poco. Ahora, los recuerdo con una profunda nostalgia y con alegría también, pues sé que fueron excepcionales, y porque dieron vida a una familia que los mantiene vivos a través de la memoria y la práctica de sus enseñanzas, que ahora llamamos “nuestras tradiciones familiares”. Celebramos la Navidad en la forma en que lo aprendimos de ellos y bailamos con la misma alegría que lo hacían ellos, y por el mismo tiempo también. En medio de la fiesta nunca falta un “!Que viva la familia!” y una buena provisión de licores, que ellos nos enseñaron a apreciar también. Eran hermosos mis abuelitos. Lástima no haber sabido cuánto los extrañaría luego de su partida, y cuánto me hubiera gustado conversar con ellos.

Mi tía abuela relataba acerca de su padre, de sus trajes, sus reuniones en sociedad, de la vida a inicios del siglo XX y un poco antes también. Y ahora, quien lo relata soy yo, desde un personaje, desde una mujer que vivió a mediados del siglo XIX; relato sus costumbres, sus reuniones, sus batallas, su opresión. A veces cuando camino por las calles del centro, siendo Marietta, quisiera estar caminando con mis abuelitos y mis tíos abuelos también, conversando de ese Quito antiguo que yo imagino pero que ellos vivieron y que los impregnó. Quisiera preguntarle a mi tía abuela acerca de las Mercedarias, de sus creencias religiosas, y de sus prácticas como una beata, pues recién después de su muerte conocimos que pertenecía a esta orden religiosa. Quisiera conversar con mi abuelito acerca de que esta mujer a quien yo represento fue la mentalizadora del Teatro Sucre, el mismo teatro que para mi abuelo fue casi su segundo hogar, y en el que por docenas de ocasiones presentó obras de teatro clásicas para las cuales había un vacío total. Quisiera discutir con mi abuelita acerca de la historia del Ecuador, la misma que ella manejaba al derecho y al revés, mientras saborearamos un helado en San Agustín, y luego preguntarle su historia de amor con mi abuelito. A mi tío abuelo le preguntaría del arte de la pintura, la preparación de pergaminos, y talvez saldríamos a hacer un boceto frente a San Francisco.

Y al fin, los invitaría a todos a una ruta de una Marietta construida de experiencias vivas, de relatos de nostalgia y de sabiduría de abuelitos de antaño. Talvez así no sentiría que con su muerte, una enorme parte de mi propia historia también falleció.