lunes, 25 de agosto de 2008

Velada Libertaria

Quito Eterno presentó tres eventos como parte de la Velada Libertaria 2008: en el Convento de San Agustín, en el Patio de la Picota en el Centro Cultural Metropolitano y en la Calle de La Ronda.
Al igual que el año anterior recibimos a miles de visitantes no solamente de Quito sino también de otras ciudades. Hemos colgado una galería de fotos sobre lo que tuvimos en San Agustín en este link. Gracias por las fotos a Jaime Sánchez.

miércoles, 4 de junio de 2008

Gracias

Hoy definitivamente estoy dando un salto fuera de una de las experiencias más bonitas que he tenido en la vida. Todavía me siento como si estuviera superando una pérdida amorosa, pues ciertamente estoy atravesando una separación de una situación con la que me encariñé más profundamente de lo que creía o tenía consciencia.

Empezó hace poco menos de un año. Había decidido abruptamente cortar con ese remedo de vida que llevaba: siete horas sentada frente a un computador haciendo funcionar la centésima parte de mi cerebro. Cuando volteaba la mirada hacia el parque, veía la vida pasar, y yo estaba encerrada tras esa ventana con barrotes. Me sentía desdichada, esclavizada y desperdiciada. Renuncié a esa vida, a ese trabajo y a esa profesión. Los odiaba. Por unos meses estuve a mis anchas, estudiando piano a lo largo del día y haciendo pequeños trabajos de arquitectura de manera independiente. Pasó en Agosto que tomé el periódico y encontré un anuncio para ocuparse por las mañanas. La experiencia más satisfactoria de mi vida, a lo menos ahora se siente así, ahora que me estoy despidiendo de ella.

Llegué a la convocatoria en el Teatro Bolívar junto con otra cantidad de jóvenes llenos de expectativas. Luego de la charla explicativa, quedamos menos de la mitad de los asistentes. “Esto de trabajar por amor al arte no es para mí”, me comentó una chica que se había sentado a mi lado, y se marchó. Me quedé, di mis datos y me marché. Luego de un par de entrevistas y evaluaciones psicológicas, fui escogida para participar en una capacitación junto con cinco jóvenes más. La capacitación duró dos semanas. Ese tiempo, fui absolutamente feliz. Pocas experiencias me habían concedido ciertas satisfacciones, pero ésta me concedía una satisfacción total. Era justo la actividad que había soñado, en la que podía hacer un trabajo interesante, que me cultivara, que lo amara y que además estuviera a cargo y desarrollado por gente jóven, capaz e inteligente. No podía creer, todo lo que quería estaba reunido en ese espacio, en esa actividad. ¡Me encontraba con los míos! ¡Era feliz, feliz, feliz! Aprendíamos de arte pictórico, escultórico, de historia de la ciudad, hacíamos talleres de teatro e improvisábamos personajes que nunca en la vida habíamos oído mencionar. Era tan interesante, tan nuevo, había tanto por aprender.
Me enamoré de la gente de ahí, de su pasión por el proyecto, de sus conocimientos, y de su trato relajado. Deseaba tanto que al final de la capacitación me escogieran a mí, tenía tanto entusiasmo por pertenecer a ese grupo. La capacitación terminó y el último día fuimos informados de los dos escogidos, entre ellos, ¡estaba yo! ¡Qué felicidad! No exagero al decir que fue bastante similar a la sensación que se experimenta al caer en estado de enamoramiento. Me sentía enamorada de todo aquello, sentía el mismo estado exaltado de ilusión. La ilusión de jugar a ser alguien más.


El proyecto desarrolla un método lúdico de transmitir conocimientos a través de la representación de personajes. Así, los temas a tratar pueden ser artísticos, históricos, sociales; y los personajes son históricos y populares. Me resultaba fascinante poder representar a un personaje conocido, importante, que realzara mi ego. Una siempre es vanidosa. La famosa Manuela Sáenz ya era representada por la misma chica desde hace cuatro años, así que perdí las esperanzas con tal figura histórica. Sin embargo me fue concedido otro nombre de gran prestigio, a pesar de que para mí en ese momento resultara completamente desconocido: Marietta de Veintemilla, ‘La Generalita’. En ese momento, más lejana que Singapur, pero en éste, la conozco como a mí misma.
El trabajo fue duro desde el inicio y no respetaba horarios convenidos, ¡había demasiado que leer! Tenía que enterarme desde la historia de la formación de nuestra República hasta el gobierno de Eloy Alfaro. Resultaba que siendo la Señorita un personaje histórico de carácter político, tenía que manejar al dedillo los procesos políticos que había atravesado el país. Lejos de ser una carga, resultó para mí el primer verdadero aprendizaje de la historia patria, porque debo admitir que las torturantes clases de historia recibidas en el colegio no dejaron en mí más que una huella borrosa de un libro maltrecho llamado “Terruño”, que poco o nada hizo por mi cultura histórica. No culpo al libro, culpo a la pedagogía, y directamente a la ‘pedagoga’. Devoré algunos libros de historia, recalcando sobre todos éstos el de Alfredo Pareja Diezcanseco, que bastante amenamente relata las incesantes caídas y torpes algarabías que hemos vivido. Me envolví en lecturas acerca de la sociedad conservadora, de la iglesia, de González Suárez, de García Moreno. Me enteré de lo bueno, lo malo, lo dicho, lo oculto. Y finalicé mis primeras recopilaciones de material con lecturas alrededor de Marietta y todo lo que encontrara sobre su vida, incluyendo su libro “Páginas del Ecuador” y un breve vistazo a su “Conferencia sobre Psicología Moderna”, que humildemente confieso me quedó bastante grande. Sin embargo, en sus “Páginas del Ecuador” la conocí como mujer pues su pasión y altivez se transmite en sus letras. Qué elegancia e inteligencia para desbaratar al opositor. Mujer de gran presencia, firmeza y belleza, dejaba aminoradas mis capacidades de representarla con fidelidad. Era un reto más que una simple afición.
Todos los ensayos teatrales fueron en vano, pues en ninguno logré implantar a esa mujer dentro de mí. La sentía demasiado fría, ajena, seria y diplomática; bastante contraria a mí. No sabía de donde agarrarme para conocerla, para hacerla mía; aparte debía desenvolverme en un convento de claustro, sitio que para una atea como yo puede resultar tan desconocido como las escrituras del Corán. Aquello que en un inicio me había entusiasmado desmesuradamente, ahora se convertía en martirio. Los ensayos con Javier, el director teatral y objeto de lujuria oculta para jóvenes y veteranas, me torturaban pues su sádica frase “no me cuentes, ¡hazlo!” era utilizada para poner en marcha todo tipo de nervios estomacales, y nunca un nervio cerebral que llevara adelante la escena.


A pesar de que la ruta no estaba lista y menos yo, se hizo un primer recorrido de prueba. En el primer instante, los nervios casi me paralizaron, pero luego recordé que yo había decidido estar ahí, con todas las objeciones que pudiera tener al respecto.

La puerta del fondo se abrió y Marietta de Veintemilla corrió por un largo pasillo, emocionada, con miedo y alegría de que alguien la fuera a acompañar en el momento de su exilio. “Qué bueno que están aquí, sabía que no me abandonarían…”
Así empezó a surgir una Marietta en mí, con esa mezcla de emociones que cuajan en nuestro interior. Me tomó tiempo romper su seria formalidad para transformarla en una actitud más cercana, más tierna o si lo requería, más irónica y cortante. Hubo ocasiones de tal cercanía y lealtad con su historia, que me sentía al borde del llanto por su destino, que a la vez era el mío. También me alegraba la curiosidad que lograba hacer sentir a los muchachos, o el temor que producía el mencionar las catacumbas a los niños. Qué bello es jugar al pasado con ellos. Hay rostros que tengo grabados en mi mente, de niños que me abrazaron, de jóvenes atrevidos y coquetos, de muchachas despiertas.


Mi mayor satisfacción la tuve el día en que nació Caridad, “aunque para usté buenmozo, Caridadcita”. Lo que Marietta consiguió en tres a cuatro meses, Caridadcita lo logró en dos horas, incluyendo un guión, traje y caracterización del personaje. Ella es producto de mi Amor. Me divertí tanto escribiendo su libreto que hasta recuerdo que ya eran las dos de la madrugada y yo reía sola en mi cuarto imaginando sus gestos y su acento. Al día siguiente debutaba Caridadcita, la niñera de María Augusta Urrutia y la mata de los chismes, las risas y la sabiduría popular. “Me muero, ¡qué zarcillos tan chuscos!” Ese día descubrí que era buena para hacer reír a la gente, así fuera porque se reían de mí. Ese día sentí satisfacción plena y un delicioso calor que me envolvía al recuerdo de las risas. Me sentía Feliz.
Desde ese día Caridadcita se adueñó de mí, y me llevó a la calle de la Ronda, al convento de San Agustín y al convento de San Diego, en donde se quedó por las noches. Claro que con el tiempo y el ruedo se volvió un poco más atrevida en sus conversaciones, tanto que logró arrancar risas de momias con ropas. Ay Caridadcita…

Qué hermoso es vivir y crear, para más tarde recordar y reír…o, como yo ahora, llorar.

Natalia Dávila

lunes, 21 de abril de 2008

EL DANZANTE: video

Gracias a todas las personas que asistieron a la temporada de "El Danzante" en el Convento de San Agustín. Gracias a su acogida y positivos comentarios ya estamos planeando la segunda temporada. Les mantendremos al tanto.

Por ahora "El Danzante" está siendo presentado para colegios de la ciudad, en funciones previamente reservadas. Quienes tengan interés pueden enviarnos un correo electrónico a la dirección: info[arroba]quitoeterno.org

Ahora queremos compartir con ustedes este vídeo promocional de la obra. Si les ha gustado, mándenlo a sus amigos.

martes, 8 de abril de 2008

Marietta en mí…

Talvez antes no haya tenido tanta claridad acerca del poder que pueden tener las vestiduras para darnos sensaciones, emociones y hasta cierto punto un comportamiento singular. Es decir, sería bastante raro ver a una señora encopetada -pasada por la peluquería, el spa, el gimnasio, el maquillaje, los tacos altos, la falda y chaqueta de seda, las joyas de diamantes, y todo el resto de armamento estético- hablando como hip hopera y caminando con un propio estilo fresco. Talvez nos produciría una risa burlesca más que un signo de admiración por su sorprendente manejo de su dualidad.

Generalmente expresamos nuestra esencia a través de la realidad, por más desatinada que parezca. Así, utilizamos ropa, cortes de cabello, joyas finas o bisuterías baratas que digan algo sobre nosotros. Del mismo modo, escuchamos música que puede fácilmente delatar nuestro interior. Todo, incluida nuestra voz, risa, mirada, caminar; exterior físico, refleja nuestro interior intangible y etéreo (o como quieran llamarle). Y muchas veces no nos atrevemos a ser nosotros mismos y cuando nos mostramos corremos el riesgo de ser burlados en la calle o ser llamados chanchos o malas mujeres por cargar piercings nasales.

En fin, todo esto tan fugaz y obvio, puede resultar un laberinto apasionante o neurotizante el momento en que abandonamos nuestro carnet diario de identificación y jugamos a hacer alguien más. Abandonar el jean, la camiseta y el piercing en la nariz para tomar en su lugar una vestimenta de dama republicana top ten, resulta… extraño.
Pero va mucho más allá. No solo son las ropas, sino su comportamiento, su pensamiento, sus anhelos, su manera de hablar, su tono de voz, su postura, su mirada. A medida que cada prenda de vestir se posa sobre mí, voy sintiendo un ambiente alterado. Al final del ritual de transformación, la dama republicana -Marietta de Veintemilla- se ha apoderado de todo en mí. Huelo la pólvora de los cañones, se vienen imágenes de soldados ensangrentados y gritos de dolor, el galope de los caballos, la angustia de la persecución, el hacinamiento de la cárcel, mi tía beata rezando mientras nos rodean cien soldados que se ríen de nosotras…


¡Mentira! Abro la puerta y lo primero que escucho es: “Reinita, donde es el baile?” La calle me trae de vuelta al 2008. El trole pasa salpicando sobre mí el agua de la lluvia de la noche, los almacenes, los vendedores, la gente barriendo las aceras, los pitos de los carros, las motos, los jugos de papaya con miel.

El Convento de Santa Catalina me recibe con su Señor de los Temblores y el alma de García Moreno vagando por sus pisos de tablones. Subo las escaleras y voy recordando mi infancia, rezando, corriendo y leyendo a Juan Montalvo. Temiendo por los cuadros religiosos y tocando y probando los calvarios para salvarme con la sangre de Jesús. Recuerdo a la madre Superiora que fue como mi madre desde los cuatro años, recuerdo mi cama, mi altarcito, y también mi orfandad refugiada en este sitio. A medida que camino por este largo corredor, nuevamente empiezo a sentir el peso de los enfrentamientos, la piel se me eriza al recuerdo de tantos muertos, y el corazón se destroza al recuerdo de mi exilio a Lima en dos horas. Soy de risa fácil, pero de llanto también. Marietta, la Generalita, se desploma.

Se escuchan pasos y voces… ¡Cómo se atreven a entrar aquí! ¡No puedo creer que Plácido Caamaño se haya atrevido a mandar a sus soldados a este sitio! Pero no me angustio, siempre cargo un revólver en la pierna, pero no para ellos… sino para mí. Levanto la mirada y para mi sorpresa, no me encuentro ante gente de los Restauradores, sino ante jovencitos riéndose de una muchacha esquizofrénica, que al vestir un traje se cree Marietta de Veintemilla: la Generalita…


Natalia Dávila

martes, 11 de marzo de 2008

¿Existe un santo que da marido?

¡Claro que si! Es el famoso San Antonio de Padua, y lo sorprendente es que además, existe una asidua devota que todas las mañanas en la Capilla de Cantuña le ha venido rezado novenas, le ha puesto flores frescas, cirios y todo lo que la tradición manda. Pero, ¿ha conseguido el tan ansiado favor?
En el interior de un convento de la ciudad de Quito esta joven mujer llamada Ana Luisa, implora constantemente al “Santo que da marido” para conseguir su gracia. Cualquier persona que la mira puede pensar que no tiene por qué recurrir al santo, ya que se la ve joven como para llegar a esa desesperación, sin embargo, Ana Luisa no pertenece a nuestra época; con su llamativo sombrero negro que con un velo cubre sus ojos y un vestido del mismo color en el que sobresale un rojo collar, descubrimos que su época es el Quito de los años veinte, donde mujeres jóvenes como ella son llamadas solteronas, quedadas para vestir santos y todo apelativo que una sociedad conservadora pueda utilizar para referirse a quien no ha cumplido con su función de mujer: casarse y dedicarse a sus niños.


Pero, ¿qué ha ocurrido con el santo? ¿Por qué no escucha a Ana Luisa? Pues nadie lo sabe, así que ella ha tomado una de decisión: si después de rezarle una última novena, el tan ansiado marido no aparece, entonces ingresará a un claustro y tendrá como esposo a Cristo… pero esta idea no parece entusiasmar mucho a la joven, que tiene aún sus ojos puestos en San Antonio y que sueña con obtener los beneficios del matrimonio…

Entre los fríos muros del convento espera al enviado del santo y quienes estamos a su alrededor escuchándole esperamos ansiosamente que “este apuesto chullita” (como ella lo llama) al fin aparezca y ver como su historia tiene un final feliz.

Pero los finales felices no se dan mucho en la vida real, así que Ana Luisa nos confiesa que ya se casó hace algún tiempo, que enviudó y que nuevamente busca un esposo, aunque a veces le asaltan las dudas porque el matrimonio no fue su final feliz, al contrario fue el inicio de la docilidad, sumisión y abnegación total a su esposo…

Las historias, anécdotas y uno que otro chisme de los años veinte son contados por Ana Luisa mientras busca a su marido. Cualquier persona que sienta intriga por su historia puede encontrarla ensimismada en sus rezos, devota a su santo, con la esperanza de obtener los favores del cielo. A mí me gustaría verla otra vez y saber si decidió entrar al convento o consiguió esposo o… ¿es que acaso hay otra posibilidad de vida para una mujer de los años veinte?

Ma. Isabel Ruiz

miércoles, 13 de febrero de 2008

Hoy conocí a Manuelita Sáenz

Mañana tenemos una salida de observación al Centro Histórico; ¡qué bueno, salir del colegio! Ojalá que no sean los típicos guías que cuentan cosas tan lejanas a mí y su guianza más parece una recitación continua de datos, fechas, y hechos que no me quedan muy claros, hechos que no entiendo. Pero aún así me emociona salir al Centro, porque mi abuelo me ha contado muchas historias de su vida ligadas a este espacio: la gente que él conoció, los dulces que probó, la música que le gustaba escuchar y la familiaridad con que todos se trataban. ¡Cómo me gustaría, que alguien me cuente historias así!...

Cuando llegamos al Centro, nos dimos cuenta que es otro mundo: calles y veredas estrechas, mucha gente mayor caminando, jóvenes apresurados, tráfico que es detenido por un policía que nos acompañó durante el recorrido, y en general toda la ciudad en movimiento. Nos dirigimos al patio posterior del Centro Cultural Metropolitano, sin tener idea de quién nos recibiría. Mi sorpresa fue grande al ver que detrás de la pileta, en una actitud distraída, como ensimismada en sus propios pensamientos y con un vestido blanco-azul muy fuera de época, estaba Manuelita Sáenz. Yo me la imaginaba de forma distinta, pero al tenerla frente a mí, la sensación cambió, de alguna manera me hizo entrar en esta historia, historia de una época de ideales libertarios, época que nunca la había tenido yo muy clara.

Conforme avanzábamos en el recorrido, visitando el Museo Alberto Mena Caamaño (o Museo de Cera), la Sala Capitular de San Agustín y el Museo Manuela Sáenz, me di cuenta que una cosa es la historia escrita en libros, y otra la historia contada por sus protagonistas; tuve la suerte de sentirme parte de esa historia, como si las decisiones también dependieran de mí, como si la guerra también fuera mía, sintiendo ira, tristeza, dolor, impotencia, al saber que una recién nacida patria volvía a ser disuelta: la Gran Colombia. El enemigo no era externo, estaba dentro de casa... Ahora los hechos de la Independencia me quedan más claros y dibujados en mi mente.


También me di cuenta del papel de las mujeres en la historia, de las cuales no se habla. Manuela es una de ellas, representante de las mujeres que lucharon y romrpieron reglas establecidas por la sociedad, reglas que ya no existen en la actualidad, pero que ellas tuvieron que superarlas.

“Quien no conoce su historia está condenado irremediablemente a repetirla”, nos decía Manuelita. ¡Qué gran verdad!, ¿no?

Ahora, cuando vuelvo al Centro o escucho hablar de Manuela, recuerdo enseguida a aquella chica de ojos profundos, mirada fuerte y tierna a la vez, con su vestido blanco-azul, y su actitud de lucha constante, una lucha que se cree, que se sueña, que se vive.

Ma. Gabriela Arboleda
Edgar Freire-García

miércoles, 6 de febrero de 2008

El Danzante

Nos complacemos en presentar la obra de teatro "El Dazante", de Javier Cevallos. Aquí un extracto del boletín de prensa de la obra:

Gaspar de Mogrovejo es un seminarista del siglo XIX que busca la respuesta a sus interrogantes respecto a quién es y de dónde viene. Rodeado de libros y de esculturas (que, secretamente, extrae de los conventos e iglesias) será testigo de secretos callados durante siglos, verdades contadas a medias, vergüenzas mantenidas de generación en generación. Finalmente, Gaspar tendrá que decidir sobre su propia condición y destino… La obra es una reflexión sobre la condición del mestizo ecuatoriano, más allá de la visión que lo reduce a una mezcla de lo indígena con lo europeo. El Danzante es una experiencia visual, textual y lúdica por este mundo, complejo y barroco.

La obra se presentará en el Convento de San Agustín, del 21 de febrero al 15 de marzo, a las 19h00, los jueves, viernes y sábados.